La primera vez (Parte I)
Amelia
y Dante se conocieron hace 18 años. Exactamente, el 5 de febrero de 1994. Sobre
la Plaza San Martín, en el barrio porteño de Retiro, la sensación térmica marcaba
36 grados de temperatura a las 13.42.
Ese
día, en el mercado central de Sarajevo, un ataque serbio dejó un saldo de 79
civiles muertos y 197 heridos, mientras que en Burundi, el hutu Cyprien
Ntaryamira fue elegido nuevo presidente. Poco le importaba a Dante, que
intentaba acomodarse en los pocos metros cuadrados de sombra que había en la
plaza, bajo el Monumento al General San Martín y a los Ejércitos de la
Independencia, el primer monumento ecuestre de la Argentina (inaugurado el 13
de julio de 1862), obra del escultor francés Louis Joseph Daumas.
El
calor se hacía odiar. Ese día, los oídos le habrán estallado de tanto que
hablaron de su madre, su hermana, toda su familia. Una de las zonas de Buenos
Aires por donde más turistas caminan, dada la cercanía de la calle Florida. Y,
en pleno verano, esa tarde no era la excepción. Se escuchaba hablar alemán, inglés,
italiano, francés y portugués. Europeos que escapaban del frío de sus países y,
por otra parte, brasileros, chilenos, colombianos y mexicanos.
Dante
amaba los idiomas extranjeros, quizás por la nostalgia que le producía recordar
a su Italia natal y las visitas a los países vecinos que realizó junto a sus
padres en su infancia, antes de trasladarse a Sudamérica. Asimismo, en varias
oportunidades viajó al Viejo Continente cuando ya era mayor.
Estaba
por cumplir 39 años. Se tomó un rato libre en su trabajo y se sentó “a ver
aquellas almas pasar”, como siempre decía. A pocas personas se les ocurriría ir
a la plaza con ese calor, por lo que aprovechó la tranquilidad. El sol le daba
de frente. Si no se hacía “visera” con las manos, corría el riesgo de quedar
ciego. No veía nada, ni a dos metros.
Las
gotas de sudor comenzaban a bajarle por la frente, pero el cansancio no lo
dejaba reaccionar. Imprevistamente, un cuerpo femenino, a trasluz, parecía ir
en dirección suya. Dante creía estar enloqueciendo. Pestañó con fuerza, pero la
imagen seguía allí, era cada vez más grande y se acercaba cada vez más. Pensó: No la reconozco, pero claramente no es mi
mujer. Pero viene hacía mí, o eso creo. ¿La conozco? No me digas que es
Antonella, no la quiero ni ver. No, no es ella. ¿Quién es? ¿Por qué estoy
pensando todo esto? Si viene a mí, bien; sino también. Tranquilo… Los
separaban unos diez pasos, unos cinco segundos.
¡Cambió
de dirección! Efectivamente, la dama desvió su camino y apoyó su humanidad en
las escalinatas del monumento, a la búsqueda de respirar un poco. Dante respiró
aliviado. En pocos minutos debía volver a trabajar.
La miró
de reojo. Morocha, alta, flaca, muy flaca. Vestía una camisa blanca, una
pollera negra por debajo de las rodillas y zapatos negros. El pelo bien largo,
suelto. Pero, instantáneamente, se lo ató. Llegó a percibir una hermosa sonrisa
en su rostro. ¿En qué estará pensando...?,
se preguntó. Seguro que en su novio, al
que vio anoche…
Bueno,
momento de partir. Con muy pocas ganas, pero había que hacerlo, el deber
llamaba. Se paró y se le cayeron las llaves al piso. Ella reaccionó al ruido,
hizo el gesto de levantarlas, pero Dante se le adelantó. Igualmente, le agradeció
la intención.
Y se
fue.